Lo primero, después de establecida una rutina, con horarios y hábitos que hagan sentir
más seguros a los niños, es hacer con que ellos se acostumbren a ella, para
irse a la cama. Para eso es necesario conocer al niño, observarlo, y así
descubrir lo que le ayuda a sentirse más calmo.
Hay niños que no pueden dormir sin escuchar una
canción. A otros, les encantan que les cuenten cuentos antes de dormir, y otros
aún acaban rendidos y dormidos con solo rascarles la espalda. Todo dependerá de
los hábitos que sus padres hayan adoptado y puestos en práctica.
Los bebés generalmente duermen cuando se sienten cansados.
Si tienen dificultad para relajarse y quedarse dormidos, llorarán, pero se
quedarán acostados en la cama. Lo mejor en estos casos, y dependiendo del
carácter que tenga el bebé, es tratar de hacer silencio, y salir de la
habitación sin hacer ruido. Si el bebé sigue llorando, lo ideal es
ayudarle a dormir, costará un poco de tiempo pero si se mantiene el hábito, el
bebé se sentirá más seguro y se dormirá con el tiempo.
Los tiempos que deben dormir son:
Recién nacidos: 16-17 horas. Ciclos de 4 horas regulados por
los períodos de alimentación e higiene.
A partir de los 3 meses: se van adaptando al ritmo biológico de 24 horas, Pueden dormir 4 o 5 veces durante el día y el 70 de los niños ya pueden aguantar 8 horas seguidas por la noche. La duración de su período de actividad-vigilia es de una a dos horas.
A partir de los 12 meses: duerme en 2 períodos al día. Progresivamente se van ampliando lo períodos de vigilia y disminuye el número total de horas que necesita dormir al día.
A partir de los 3-4 años: hasta los 4 o 5 años se puede
mantener la siesta, dividiendo los períodos de actividad en dos. Las horas de
sueño nocturno tienen que ser 10 o 11. En muchos casos, coincidiendo con el
inicio del parvulario, se elimina la siesta del horario infantil.

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